Nicanora, la mamá que se enteró de la desaparición de su hijo por los periódicos

Por María Arce, desde Ayotzinapa

“No pierdo la fe que Diosito va a tener misericordia de nosotros y de los muchachos, donde quiera que los tengan, que los proteja, que les de ánimo para que ellos regresen bien con nosotros. Porque ahorita solo Diosito sabe dónde los tienen, a él nadie lo engaña. Y esperemos que él nos los esté cuidando para que nos los regresen. Vivos y sanos”.  La fe de Nicanora García González no se desvanece a pesar del tiempo. En su corazón no hay dudas de que su hijo Saúl, de 18 años, está vivo en algún rincón de México, igual que las ganas que tenía de convertirse en maestro.

Saúl es uno de los 43 estudiantes desaparecidos de la Escuela Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa desde el 26 de septiembre de 2014, cuando en el medio de la noche fueron atacados por policías municipales y narcos en Iguala de la Independencia, a unos 190 kilómetros –unas 120 millas- del DF mexicano.

Saúl quiere ser maestro y salir adelante. “Es el único hijo que tengo que quiso estudiar, que quería tener un futuro y me siento orgullosa de él porque se vino a luchar para salir adelante”, dice Nicanora, ama de casa. Su hijo quería ser maestro para ayudar a su familia. Y en el futuro quiere estudiar diseño gráfico.

Como al resto de sus hijos –Nicanora no quiere decir cuántos tiene ni donde vive por temor- a Saúl lo parió en su casa. “Yo me sentí feliz de tener a mi hijo. Lo tuve en mi pueblo donde yo vivo. En casa. Ni un hijo tuve con doctores, en hospitales. Todos en casa”, recuerda.  El parto fue un poco difícil, pero “gracias a dios todo salió bien”, cuenta Nicanora que se enteró de la desaparición de Saúl por los diarios.

                                                            Saul Bruno Garcia

“Me fui a Ayutla a comprar unas cosas para comer en la semana. Allá me entero por el periódico. Me vine a mi casa pensando que mi esposo ya iba a estar ahí y cuando yo llegué él ya se había venido para acá”, cuenta Nicanora. A su marido ya le habían avisado que su hijo estaba desaparecido. “Así que yo salí hasta el lunes por la mañana para acá. Y desde ese día estoy acá y no me he ido”, agrega. 

Hacía una semana que no hablaba con Saúl Bruno García, su nombre completo. “A veces las llamadas no entran en donde vivimos”, explica Nicanora. “Él se vino el 20 de septiembre para acá”, dice sentada en el patio de la Escuela Normal de Ayotzinapa.

Saúl había estado unos días en su casa. Había pedido permiso a sus compañeros para ayudarle a trabajar a su padre que estaba un enfermo. “Ahí estuvimos conviviendo con él cuando no iba a trabajar. Me estuvo platicando de cómo era aquí en la escuela, que se sentía bien. Le gustaba porque decía que aquí se aprende a luchar por sí mismo”, recuerda Nicanora.

“Yo me siento orgullosa de mi hijo. Es muy cariñoso, muy amable conmigo, me quiere mucho. Y él dijo que quería estudiar para que yo ya no sufra”, Nicanora se apaga con sus lágrimas.

Yo le voy a echar ganas para que usted en adelante no sufra. Porque usted ha sufrido mucho para sacarnos adelante”, le dijo Saúl.

Nicanora se sumerge por un rato en los recuerdos de la infancia de Saúl y recupera una sonrisa tímida. “De chiquito era muy amable, cariñoso, risueño, juguetón. En la casa, como somos de provincia, jugaba trompos, jugaba canicas, lo que juegan los chamacos”. Sus canicas eran su juguete favorito. Las guardaba con dedicación. “Es un niño responsable, con todas sus cosas en orden”, dice Nicanora.

En Ayotzinapa a Saúl le dicen Chicharrón. Aquí todos conocen uno de sus tropezones de aquellos años. Cuando era chico metió la mano izquierda en un molino y le cortó el dedo anular y casi pierde otro. Se lo pudieron coser pero le quedó torcido.

En la escuela también conocen la pasión de Saúl por el pescado y Nicanora le cocina cada vez que puede. Lo esperaba con la comida lista cada vez que su hijo venía de trabajar en un campo en el que cuidaba y ordeñaba vacas. Aunque viven de la tierra, el campo, dice Nicanora, es su condena.

“A nosotros como somos campesinos no nos hacen caso. Si fuera el hijo del presidente, del gobernador o del secretario hubieran hecho lo imposible para encontrarlo. En dos, tres días lo tendrían en la mano. Pero en cambio nosotros no tenemos noticias de nuestros hijos”, se queja.

“Yo sé que el gobierno de la república, por ejemplo (el presidente mexicano Enrique) Peña Nieto, él dijo que iba a mover a México y ¿en qué se ha movido ahorita que nosotros lo necesitamos? No se ha movido para nada. Nosotros teníamos la confianza en que él nos iba a ayudar. Pero hasta ahora yo no le creo”. Nicanora destila bronca y un pedido desesperado: “A toda la república, a EEUU, ayúdennos a buscar a nuestros hijos, que los regresen vivos para que sus sueños se hagan realidad”.

Ser maestros, ir a los rincones del México más profundo y necesitado para educar a los chicos. Es el sueño de Saúl y de los más de 500 alumnos de Ayotzinapa. “Es lo que quiere Saúl; apoyar a la gente humilde, porque él viene de gente humilde”, dice Nicanora entre orgullosa e indignada. 

“No me voy de aquí hasta que mi hijo regrese y lo quiero con vida. Quiero que regresen todos, no nomás mi hijo. Porque al sentir lo que me duele mi hijo, sé lo que a otras madres les duelen sus hijos y yo quisiera que todos los muchachos regresen a su escuela”, pide. También pide Justicia. “Para los que murieron y para castigar a los culpables porque sabemos que la policía se los llevó. Y por eso nosotros les pedimos, les exigimos: vivos se los llevaron y vivos los queremos. Vivo quiero a mi hijo. Yo no pido más sino que mi hijo regrese y que me lo entreguen vivo”, insiste. “Aquí voy a estar hasta que mi hijo aparezca”, jura Nicanora con un solo pensamiento en el alma y el corazón: “Tener a mi hijo en mis brazos como cuando era un bebito”. 

*Enviada por Univision Noticias

Macedonia, la mamá dispuesta a enfrentarlo todo por encontrar a su hijo

Por María Arce, desde Ayotzinapa*

Macedonia Torres Romero es la madre pero también el padre de José Luis Luna Torres, uno de los 43 alumnos desaparecidos de la Escuela Normal de Ayotzinapa. Viuda y huérfana, Macedonia vive en la comunidad aborigen de Amilcingo, en el Estado de Morelos y se desvive para sus seis hijos. Trabaja en las calles, vendiendo elote y cacahuate para poder darles de comer.

José Luis es el más chico de todos. Nació por cesárea hace 20 años. “Venía atravesado y tenía el cordón enroscado”, recuerda su madre. Cuando llegó, Macedonia decidió que era hora de “cerrar la fábrica”. “Ya son muchos”, reconoce y se le escapa una sonrisa. 

“De chiquito… ¿travieso? No era travieso. Era tranquilo y juguetón. Sí jugaba, pero travieso no era. Le gustaba jugar mucho a la pelota, a las escondidas y a las canicas de antes. Nunca se puso problemático”, cuenta acelerada, Macedonia. Habla rapidísimo.

“De los seis hijos que tuve -o tengo- nunca me dijo Ma, esta comida no me gusta. Nunca me pone peros, siempre con lo que hay él come”, dice Macedonia sentada en uno de los pasillos de la escuela de Ayotzinapa.

“Mi hijo siempre me ha respetado. Nunca se pasa ni de palabra”, se enorgullece Macedonia, también, porque José Luis “siempre le ha echado ganas a estudiar”. “Se ha esforzado en trabajar, en salir adelante. Ahorita le gusta ser maestro”, dice.

Antes de inscribirse para cursar el primer año de la licenciatura en Educación Primaria en Ayotzinapa, José Luis se puso a trabajar para juntar un poco de dinero y poder comprarse las zapatillas que iba a necesitar para las clases.

                                          Jose Luis Luna Torres      

“Trabajaba de campesino, iba a cortar una rama, a veces iba a sembrar árboles, maíz, a cualquier cosa”, cuenta Macedonia. Pero Luis –como le gusta llamarlo a Macedonia- o Pato –como les gusta llamarlo a sus amigos- no siempre conseguía trabajo: “De vez en cuando nomás”. 

Los compañeros de Pato -lo llaman así porque tiene “la voz del Pato Donald”- dicen que “aunque es callado, siempre habla bien, con buena onda. Es serio y muy tranquilo”.

La última vez que Macedonia lo vio fue en septiembre, una semana antes del ataque a los alumnos en Iguala. Su hijo, enfermo, pasó ocho días de reposo en su casa. También en septiembre, era el cumpleaños de Macedonia.

-Ma, no te puedo regalar nada.  Tú sabes que no trabajo. Eres tú la que está pagando todo aquí.

-Hijo tú lo sabes que yo lo estoy haciendo con cariño. A mí me gusta que seas maestro. Yo ya descansaré de grande.

-Ma, le voy a echar muchas ganas, voy a estudiar para que yo te mantenga. Por ti mamá. Mami no te puedo regalar nada. Te voy a dar un abrazo solamente.

Macedonia no necesitó ni quiso otro regalo de Luis. Ese fue el último abrazo que se dieron. Macedonia llora: “El mejor regalo es que él estudie”.

“Yo soy padre y madre. Estoy sola, no tengo mamá, no tengo papá. …. A mi esposo lo perdí. Ahora mi hijo….”, dice Macedonia, aún quebrada al recordar aquel día. Luis regresó poco después a Ayotzinapa.

El domingo 27 de septiembre, un vecino de Macedonia –Don Pedro- llegó de improviso a visitarla a su casa. Macedonia se estaba preparando para ir vender a la calle elote y cacahuate cuando el mundo se le vino encima.

-Doña, ¿no sabe lo que ha pasado?

-No. ¿Qué pasó?

-Es que los hijos, los jóvenes tuvieron un enfrentamiento.

-¿Cómo dice?

-Sí. Allá pues en la Escuela de Ayotzinapa.

-No digas. No digas. ¿Cómo pasó?

-Se iban para Iguala pues a botear. Y pues tu hijo pues no aparece. No está.

-Ay dios mío no me digas.

Macedonia se empezó “a espantar”, el piso temblaba debajo de ella, dejó todo y se fue para Ayotzinapa. “Fue un día domingo”, recuerda. No se fue más de la escuela.

“Trato de ponerme fuerte para seguir adelante buscando a mi hijo”, dice Macedonia. “Me pongo a pensar de mi hijo. Dónde estará, con quién estará, qué es lo que estará haciendo. ¿Comerá? ¿No comerá? ¿Lo maltratarán?”, se pregunta. “Nadie sabe qué es lo que estamos sintiendo. Qué es lo que nos duele”, sigue, con el calvario encima.

-Dios cuida a mi hijo. Cuídalo.

“¿Para qué se meten con ellos? Ellos son muchachos, son jóvenes, son estudiantes. No son de la calle. ¿Ellos con qué se van a defender pobrecitos? Si salen a botear es porque el gobierno no les ayuda, no les da nada”, dice Macedonia. 

“El gobierno no quiere que los jóvenes estudien. Quieren que anden de vagos”, asegura. “Nos quieren acabar de matar, por no decir otra cosa”, dice.

Macedonia vive en la escuela como muchos otros padres. De Morelos, donde vive, a Ayotzinapa hay unos 200 kilómetros –unas 125 millas- y no le alcanza el dinero para ir y venir todos los días, igual que a muchos otros padres. En la puerta de su casa, donde quedaron sus otros hijos, hay un cartel que dice “Coperación voluntaria para la señora Masedoña Torres Romero” (sic). Allí, algunos vecinos dejan monedas para ayudar a la familia.  Otros, comida.

“Aunque sea poquito, 50 o 40 pesos he ganado. A veces no se vende. A veces se pierde, a veces se gana”, se resigna Macedonia que ha pasado la tarde pelando patas de gallina que cenará con las familias y los alumnos que siguen en Ayotzinapa.

“A mi José Luis le digo que lo quiero mucho, que lo estoy esperando, que lo quiero ver. Y que le eche muchas ganas donde quiera que esté. Que lo estamos buscando. Que no están solos. Que se encomienden a Dios. Que Dios los cuide. Que Dios los ama. Que se acuerde de Dios donde quiera que esté. Y que me siento orgullosa de él aunque estoy sufriendo por no verlo. Pero también me siento contenta de que él le está echando ganas estudiando, de que quiere ser maestro”, llora Macedonia. Se restriega los ojos. El pañuelo no da más. Pero Macedonia no se rinde: “Aquí estoy y lo voy a buscar hasta donde sea, como sea, como se pueda. Enfrentaremos lo que sea por ver a nuestros hijos. Queremos abrazarlos. Queremos verlos. Queremos saber que están bien. Hasta el final, sea como sea, los encontraremos. Vivos los agarraron, vivos los queremos. Que vuelvan los 43”.

*Enviada por Univision Noticias

María, la mamá que por las noches deja la puerta sin llave para que regrese su hijo

NotaMaria

Por María Arce, desde Ayotzinapa*

Seis años atrás, Miguel Ángel Hernández Martínez tuvo un accidente en la entrada de Ayotzinapa. Lo atropellaron y pasó tres meses en hospitales, con una pierna destrozada. Su madre, María Martínez, tuvo que llevarlo al DF mexicano para que los médicos pudieran hacerle un injerto y salvarle la pierna. Fue una agonía. Después de que fue dado de alta, Miguel Angel no lograba hacer los ejercicios de rehabilitación. Estaba deprimido y su familia no podía pagar por la terapia que él necesitaba. Con amor y mucha paciencia, María logró sacarlo adelante. Improvisó una sala de recuperación en el pequeño living de su casa. Almohadones y una alfombra amortiguaron las caídas. Las sillas en fila se transformaron en pasarelas para que Miguel pudiera volver a caminar. Y caminó. María recuerda aquellos días de 2008 como los peores de su vida. Y pensó que ya nada más terrible le podía pasar. Nunca imaginó que Ayotzinapa volvería a ponerla en jaque con la vida. Nunca pensó que su hijo iba a desaparecer.

Miguel Angel Hernández Martínez es uno de los 43 estudiantes que el 26 de septiembre de 2014 fue secuestrado por policías municipales. Es una de las víctimas de Iguala.

María cuenta la historia de “Miliguín” en la cancha de básquet de la Escuela Normal, la misma que eligió su hijo para estudiar y convertirse en maestro; la misma escuela en cuya entrada su hijo fue atropellado por un tráiler que casi le arranca la pierna. Ahora, a María le arrancaron a su hijo entero.

Miguel Angel tiene 27 años y cursa el primer año del magisterio. María se enteró de la masacre en Iguala por otro de sus cuatro hijos: Luis Alberto, que también estudia en la escuela. “¡Ay Luis! ¿Tú no fuiste? ¿Y tu hermano? Sí, mi hermano fue. Yo no fui porque no encontramos gasolina, me dijo Luis Alberto”, recuerda María.

Miguel Angel, según pudo reconstruir su madre, “estaba aún trabajando en la huerta de la escuela cuando lo llamaron para salir a tomar los buses en Iguala”. Del resto de la tragedia, los 25 heridos y los 6 muertos, se enteró cuando llegó a la escuela.

“Mi esposo vino para la escuela y cuando me llamó me dijo vente. Llegué el domingo a las 9 am. Sentí bien feo esperando que me dijeran algo de mi hijo, esperando en la entrada que el mío llegara pero nunca llegó”, confiesa María. El corazón, estrujado.

Tras el ataque de policías municipales de Iguala, a donde los estudiantes habían ido a tomar dos buses para recorrer con ellos el Estado de Guerrero durante sus prácticas, los alumnos se dispersaron. Muchos regresaron en grupo. Otros, a cuenta gotas. El hijo de María no regresó con ninguno.

Sin embargo, María no deja de estar en contacto con su hijo desde entonces. “Lo llamo todos los días, pero siempre me manda a buzón. Una mamá me dijo  que le mande mensajes de texto. Y le escribo todos los días por si mi hijo los puede leer”, cuenta, la espalda encorvada, las manos cruzadas entre las piernas.

“Siempre quiso ser maestro. Siempre le llamó la atención la escuela. Siempre le gustaron los chicos”, recuerda María. Su hija Guadalupe, a su lado. Su nieta de 4 años, Estrella, corretea alrededor.

“Le dice Miliguín porque no le sale decirle Miguelín”, explica María mientras mira de reojo que otro nene no empuje fuerte a la chiquita. “Miguel Ángel tiene locura con Estrella”, su única sobrina. 

“Miguel es muy noble. Tiene mamitis. Es muy cariñoso conmigo, con ellas (su hermana Guadalupe y su sobrina Estrella). Prefiere quedarse en casa. Miramos televisión juntos. Vamos a ver la novela Migue, le digo y él viene y se sienta y la vemos”, comparte María. Los recuerdos le caen a borbotones.

María repasa sus días desde que llegó a Ayotzinapa y se emociona. “Mira aquí está tu hijito, me dijo Estrella cuando vio la foto de Miguel en las mantas que hicimos para pedir por los muchachos”, cuenta.

Aunque no le han dicho a Estrella lo que ocurrió con su tío, María está sorprendida con la percepción de su nietita. “Le digo que Miliguín anda afuera con unos muchachos y que estamos pidiendo que regrese”. No hace falta más.  La nena sabe que su tío ya no está.

La última vez que María vio a su hijo fue la semana anterior al brutal ataque de los policías en Iguala. Miguel Angel cumple años el 23 de septiembre y fue a visitar a su mamá.

“Estaba preocupado porque el certificado de secundaria abierta no le salía. No te van a sacar, le dije. El 24 no se fue. Se quedó a dormir y al día siguiente a las 3.30 pm se despidió. Tenía su pierna inflamada”, cuenta María. El 26 se lo llevaron los policías de Iguala.

María no puede dejar de pensar en el pie de su hijo. “Tiene un injerto. No puede correr ni estar mucho tiempo parado”, explica. Su otra preocupación es Guerreros Unidos, el grupo criminal sospechado de haber participado, junto a policías de Iguala, en la desaparición de los 43.

Me lo tienen los sicarios, pensé y sentí una cosa… Porque nos hacemos los tarugos (tontos) pensando que andan en el campo. Hasta lo ves en la casa, pero …”. María se detiene. Estrella grita, juega y distrae. Interrumpe en el momento justo. María no quiere ni pensar en que algo malo le ha pasado a su hijo.

María prácticamente vive en la escuela. De vez en cuando regresa a su casa –por su seguridad no dice donde vive- pero no se queda mucho tiempo. Allí se desespera y vuelve: “Pienso que estando en la escuela lo voy a ver. Los otros días lo confundí con otro muchacho que venía bajando por el terraplén”, sacude la cabeza.

Pero estando en la escuela María también piensa en su hijo. Cuando viene para aquí, le pide ayuda a la vecina: “Le pido que revise la casa si escucha algo por si es él. ¿Sabes?, por la noche no le ponemos seguro a la puerta para que Miguel Ángel pueda entrar”. Esperanza pragmática.

En la escuela ayuda junto a otras madres a cocinar para el aluvión de familiares y voluntarios que viven en Ayotzinapa desde que ocurrió la masacre. Pela patas de pollo con una paciencia que solo pueden tener los que están dispuestos a esperar toda la vida. Una a una, despacio. Son cajas y cajas. Son 570 alumnos más los visitantes a los que hay que alimentar.

En las tarde conversa con otras madres. Planea. Imagina. Nadie le quita de su cabeza y de su corazón que su hijo va a volver. Pero María no se queda quieta y no deja de reclamar por Miguel Angel. Participa de marchas, protestas y peregrinaciones en nombre de los 43.

“Yo necesito andar en marchas y buscándolo. Echarle ganas. Pensar que voy a ver a mi familia unida y vamos a estar juntos otra vez”. María es pura esperanza. Pero también bronca.

“Ya ha pasado mucho tiempo. Están jugando con nosotros. Queremos que nos digan la verdad, que no se burlen de nosotros”, les exige a las autoridades mexicanas. María necesita saber qué pasó con su hijo, su sangre.

“Cuando supe que estaba embarazada fue una sorpresa total. Me sentí feliz. Los tuve a los 4 en casa. Por parto normal. Le puse Miguel por el abuelo materno y Angel porque era un angelito”, explica.

Los recuerdos cotidianos y la felicidad del pasado desvanecen por un instante la furia. Mole rojo con arroz, picaditas con manteca, cebolla, salsa de jitomate y queso crema. Esos son los platos preferidos de Miguel Angel. María se acuerda de ella misma cocinando para su hijo y la sonrisa, tímida, le vuelve al rostro.

Foto de Miguel Angel Hernandez Martinez

“Escucha baladas. Es un romántico. Eso dicen las exnovias”, se ríe. La hermana de Miguel Angel también. Ellas creen que ha tenido “cuatro o cinco novias”. Se miran, se vuelven a reír. No siempre les sale desde que Miguel Angel es uno de los 43.

“Mi esposo me dice que no llore, que me mantenga fuerte para mi hijo. Guadalupe me dice A Migue no le va a gustar verte así”, se resigna María, contrariada entre sentimientos propios y pedidos ajenos.

“A fuerza voy comiendo. Porque la primera semana no comí, no dormí, nada”. Lo único que María tragaba era impotencia e indignación. “Pensé que no iba a resistir. Una mujer me dijo el otro día que Dios les pone las pruebas más duras a quienes las van a aguantar y yo le dije ¿y cómo saben que la voy a aguantar? Ya la estás aguantando, me respondió”, dice María y asiente con la cabeza. Desde septiembre de 2014 que está aguantando.

El Estado decidió que María y los otros padres de los 43 desaparecidos reciban la asistencia de psicólogos.  Y los enviaron a la escuela. “Vienen y yo les digo, yo no quiero un psicólogo, yo no estoy loca, yo quiero a mi hijo”, retruca María. Su hijo es el único remedio para su dolor. 

En medio de tanta angustia, María solo tiene un reproche para Miguel Angel: “No sabíamos que iban a Iguala. ¿Por qué no nos avisaron? Que avisen, que vamos con ellos y si hay balas yo me pongo delante. ¡Si son nuestros hijos!”.

María promete que no dejará de buscar a su hijo, ni a los hijos de las otras mamás. “Le mando energía, le pido que no sea cobarde, que sepa que de lejos le estamos dando apoyo, que no vamos a dejar de buscarlo, que lo quiero mucho, que lo estamos esperando. Que Diosito está con nosotros y lo va a regresar. Esta todo el mundo luchando por usted”, le dice María a la distancia.

“Si él supiera lo bonito que se ve cuando se juntan tantas personas por ellos. Gente que no conoces, te abrazan, te besan, te dicen que sigas adelante”, cuenta María. Fue el lunes 20 de octubre de 2014 en la Basílica de Guadalupe donde rezaron por la aparición con vida de los jóvenes.

“Personas que no son de la familia tienen fe, ¿cómo yo no voy a tener fe que soy su madre? ¡Tengo que ser la primera! He sido bien chillona. Pero ahora no puedo llorar. Ellos están vivos. No podemos llorar. Tenemos que mandarles energía. No vamos a abandonarlos. Resistan, que vamos por ellos”, promete María. A su lado, Guadalupe, que vino desde el DF a Ayotzinapa a acompañar a su madre, la mira con admiración. Sentada en una de las sillas de plástico blancas de la cancha de básquet, la panza de Guadalupe parece más grande. Está embarazada de 7 meses, bella. Aún no sabe que nombre le pondrá a su bebé. Lo que sí sabe es que espera un varón. Estrella, su hija, pide que lo bauticen Miliguito, como a su tío desaparecido.

*Enviada por Univision Noticias

Cristina, la madre que crió sola a Benjamín, el niño que no quería ir a la escuela y terminó queriendo ser maestro

A Benjamín Asencio Bautista no le gustó nada la idea de ir a la escuela. A los 4 años, su mundo eran los juguetes y la idea de “ir a estudiar” no estaba en sus pequeños planes.

“Cuando tenía cuatro añitos no quería ir a la escuela. Su papá decía que estaba chiquito, que no fuera. Pero me dijo la maestra que debe de estudiar. Para que vaya a aprendiendo”. Las palabras son de Cristina Bautista Salvador, la madre de Benjamín, uno de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala.

“Estoy sola con mis hijos. Tengo mi esposo pero nos abandonó hace 14 años. Y desde ese entonces no nos ha ayudado”. Las fechas a Cristina no se le borran. “Cuando él (por su marido) se fue, era un día sábado. El lunes agarré a mi hijo y le dije vamos a ir a la escuela para que aprendas. ‘No, pero mi papá no quiere’. No, tú tienes que aprender, tú tienes que estudiar. Yo siempre le decía tú tienes que ser un licenciado, un maestro. Tú tienes que hacer algo”, recuerda Cristina.

Benjamín no quería saber nada. Lloraba y pataleaba camino a la escuela. “La maestra le empezó a hablar, que le va a dar colores para que pinte”, repasa Cristina. También les dio las indicaciones para hacer una semana de adaptación: que Cristina viniera con su hijo y lo acompañara unas horas. En una semana, le prometió, “va a querer venir solito”.

Al final no necesitó la compañía de su mamá, y no necesitó una semana. Al día siguiente Benjamín decidió ir por su cuenta a la escuela.

Cristina Bautista Salvador recuerda sus días en la Normal Rural de Ayotzinapa. Llegó el domingo siguiente al ataque contra los alumnos en Iguala. Venía de Alpoyecancingo, municipio de Ahuacuotzingo, en el noreste del Estado de Guerrero.

Mairyani, una de sus dos hijas, cursa tercer año de bachiller y fue la que trajo la mala noticia. “¿Ya se comunicaron con su hermano?, le dijo su maestro que sabía que mi hijo venía a Ayotzinapa” y del ataque en Iguala.

Cristina se desesperó, pero tuvo que esperar. Trabaja cuidando a la madre de una maestra en Ahuacuotzingo y no podía dejar a la mujer sola. Apenas pudo, se fue para Ayotzinapa. Por los nervios, Crisitina dejó su celular tirado por ahí. Cuando lo encontró, tenía varias llamadas perdidas. Era su hermano.

“¿Has hablado con Benja? De casualidad compré un periódico que dice que están desaparecidos los muchachos. Y está tu hijo también”, le dijo a Cristina. Era la lista de los 43.

Cristina pasó parte de sus días en Ayotzinapa como administradora de las donaciones que reciben los padres. “La primera semana no comía, no dormía. Ya desde que me pusieron de tesorera, un poquito me estoy distrayendo. Me hablan para acá, para allá. Ya no me siento tan deprimida. Tengo fe de que mi hijo va a regresar, va a estar bien y va a seguir aquí estudiando. Lo quiero mucho. Lo amo. Lo adoro a mi hijo”, declara al mundo entero.